Qué fácil es para el humano echar balones fuera, como si fuéramos niñitos asustados a los que pillan in fraganti haciendo algo malo. Qué difícil nos resulta a veces decir: “si, ha sido culpa mía”, pero no como justificación a la defensiva contra el ataque, sino asumiendo la parte que nos corresponde en cualquier acción que podamos llevar a cabo, salga bien o mal.
Cuánto nos cuesta integrar que no hacemos las cosas bien, a veces intencionadamente otras sin consciencia. Qué mentira nos han contado y nos hemos creído de que somos íntegros, perfectos, infalibles, sobrehumanos. ¡Qué mancha conlleva la culpa, Dios santo!
Qué parte de todo esto es transmitido y enseñado a través de nuestra culpabilizadora herencia y qué otra parte corresponde al trabajo que, ineludiblemente, cada uno debe hacer. ¡¡Ser culpable de no hacer nada para aceptar que siempre los somos! ¡¡De algo, por algo, pese a algo!!! ¿Pero acaso no somos siempre culpables de algo? De lo que hacemos y de lo que dejamos de hacer…quién, en nombre de Dios puede creerse inocente???? ¿Se puede ser más estúpido?
No nos damos cuenta de que asumirnos imperfectos, errabundos, desorientados, defectuosos y muchas veces culpables, nos hará mucho más libres que aferrarnos automáticamente y con terror infantil al: ¡Yo no he sido!
Que qué he hecho para romperme la pierna? Pues obviamente ir como una loca y no mirar por dónde piso! Y así sucesivamente…
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